La marcha por nuestras vidas

Una matanza tras otra y luego, el olvido. Un individuo saca una pistola y mata porque puede, porque tiene un arma a la mano. La fórmula macabra marca la consecuencia, si no se hace nada, si no se pone un alto, la tragedia vuelve a suceder. Vemos con estupefacción que este tipo de sucesos se repiten con mayor frecuencia y el dolor desaparece del recuerdo, se diluye en la mente colectiva hasta que viene el siguiente. Por supuesto, para prevenir, habría que hacer algo distinto. Si se sigue haciendo lo mismo, ¿cómo se pretenden resultados diferentes? Es curioso, en los Estados Unidos es más fácil conseguir un arma que un medicamento.

Pero, los estudiantes de Parkland en Florida quieren hacer la diferencia. La marcha por nuestras vidas busca generar el cambio que se necesita para prevenir una nueva matanza. Es tiempo de sostener la cara, de manifestar el desacuerdo, de decirle a los políticos que es indignante que estén tomando dinero de la asociación del rifle, que apoyen esas posturas, que vean como se vulnera la seguridad del ciudadano y que apuesten por el olvido.

Irán a Washington con l a intención de poner al gobierno contra la pared. Exigirán que no haya ni uno sólo más que muera en esta forma tan absurda. Se trata de detener el derramamiento de sangre, se trata de ponerle un punto final a esta política sangrienta. No bastaron las imágenes de horror ni los familiares llorosos ni los funerales ni la angustia. Todos esos sentimientos fueron desestimados. Las fotos con el presidente y la primera dama en el hospital no sirven de nada, como tampoco sirvieron las lágrimas sentidísimas de un presidente.

Sirve la acción, sirve cambiar las reglas, sirve tocar las puertas al congreso estadounidense para exigir que las armas sean reguladas. Veo las fotografías de cazadores que guardan un arsenal de rifles y armas de fuego que le causarían envidia a algún ejercito pobre. ¿En serio se necesita tanto? Me parece que el riesgo de esa pseudolibertad es muy alto. Pero, los que miramos a la distancia aplaudimos esta iniciativa de los jóvenes que buscan despertar la consciencia de una nación aletargada por el ego consumista y por el amor ridículo a las armas.

¿Quieres más a sus rifles que a sus hijos? La pregunta está en el aire. La respuesta la hemos conocido por los hechos. Las armas de alto poder son un boleto a la destrucción, no a la defensa personal. Si no me creen, vean y juzguen.

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Un personaje de armas tomar (Tres anuncios en las afueras)

Hacía mucho tiempo que no salía del cine después de haber visto una película tan compleja. Me reí, me enojé, me indigné, me enternecí, admiré y detesté a los personajes presentados que son tan redondos, tan humanos que me hicieron comprender lo complicada que es la realidad. Tres anuncios en las afueras es una película dura que te mete a la trama, te atrapa, te enreda, te da de vueltas y no te suelta hasta el final. Es de esas presentaciones que te tienen al filo de la silla y que cuando salen los créditos te dejan con la boca abierta.

La trama nos narra la lucha de una madre que, harta del sistema policial, de la inacción y de que no se encuentre al culpable de la violación y posterior asesinato de su muerte de su hija, siente que debe hacer algo y manda colocar tres carteles con mensajes muy directos a la entrada del pueblo. Son mensajes contra el jefe de policía local que dicen “Violada mientras moría” / ¿Por qué no hay detenciones? / ¿Cómo es posible, comisario Willoughby?”

La madre, interpretada por una magnífica Frances McDormand está más sola que la nadie en esta cruzada por buscar justicia, puesto que el padre de la niña está más preocupado sanar las heridas que le dejó la muerte de su hija y por continuar su vida con una muchachita de diecinueve años que por acompañar a su exmujer en buscar justicia. El hijo es un adolescente que está tratando de manejar su propia pena y de contrarrestar los efectos sociales de tener una mamá de armas tomar, ruda ,que no se deja de nadie y que no está dispuesta a agachar la cabeza.

El escenario es un pequeño pueblo provinciano en el sur de Estados Unidos en el que el machismo, el racismo y los prejuicios llevan la voz cantante. Esta película es una crítica a la realidad estadounidense. Lo resumió perfectamente Woody Harrelson, quien interpreta al jefe de la policía: “Uno de los peligros de la actual polarización de la sociedad estadounidense, que quedó partida entre quienes buscan la igualdad y quienes se aferran a dividir. Es una crítica severa a la percepción profunda todo el mundo del puritano racista e idiota.

La película muestra con dureza los motivos y preocupaciones de la gente que se aferra a sus prejuicios y que los ve como una forma natural de vivir , gente que siente que ha sido olvidada por los políticos. Gente que piensa en forma censurable pero que también puede mostrar que tiene buen corazón.

La interpretación de Frances McDormand es prácticamente impecable, una mujer cuya capacidad interpretativa está por encima de cualquier duda. Con ella, vuelve la eterna cuestión de los papeles protagónicos y de calidad para las mujeres mayores.

Martin McDonagh ha asegurado que escribió el guión pensando en ella, pero McDormand asegura que, cuando lo leyó, “pensé que era demasiado vieja para el personaje. Ahora tengo 60 años, y tenía 58 cuando me llegó la oferta.

No es fácil encontrar una buena película que respete el fino equilibrio entre calidad, ritmo, buen contenido y risas,con fondo amargo y sin él. De esto puede presumir ‘Tres anuncios en las afueras’, con un guión intenso, de comentarios afilados y sin tonterías. Es mordaz y es irónica, y tiene la capacidad de provocarte la risa y la sonrisa mientras estás viendo lo que es en realidad una historia con tintes trágicos.

Toca la fibra del corazón de las madres. Cualquiera que haya tenido un hijo va a sentirse removido por una historia en la que el eje es la violación y posterior asesinato de una menor y la injusticia cometida por una policía incapaz de moverse para resolver el caso. Pero, se acerca a la madre de adolescentes que se siente sola frente a las exigencias de hijos que desbordan a sus padres, que los desesperan y que batallan en una época de la vida en que es fácil equivocarse, sentirse desesperado y sin apoyo real. La película no es sensiblera en ningún momento, todo lo contrario.

La fuerza del personaje protagónico nos lleva, por momentos, a sentir una gran ternura y nos confronta con situaciones en las que verdaderamente no sabemos que pensar pues sus acciones son realmente controvertidas. El elenco es genial y las actuaciones de todos es soberbia. Una película que vale la pena ver, sin duda.

Las balas de Nikolas Cruz

Desde que este blog tiene vida, ha habido nueve masacres por tiroteos en los Estados Unidos. En este milenio son doce. Doce eventos en los que un aparente lobo solitario saca un arma y se dedica a tirar balazos por el gusto de hacerlo y mata a inocentes porque puede y no hay quien se lo impida. No son ataques terroristas ni se reivindica ningún ideal religioso o político. Se mata y ya está. Luego, vienen los abogados y buscan cualquier excusa, desde desequilibrio mental, angustia extrema, incapacidad civil para que al final, olvidemos nombres y apellidos y nos enteremos, al tiempo, que volvió a suceder.

Desde abril de 2007 a la fecha los eventos de Virginia Tech, Birmingham, Fort Hood, Aurora, Sandy Hook, Base Naval de Washington, Roseburg, San Bernardino, Orlando, Las Vegas, Sutherland Springs y Parkland, casi cuatrocientas personas perdieron la vida sin sospechar que la muerte les andaba rondando. Se despidieron por la mañana y no pudieron volver por la tarde.

Cada historia es diferente, Nikolas Cruz acababa de perder a su madre. Estaba tristísimo porque Lunda Cruz su madre adoptiva falleció el pasado noviembre. Entonces, para curarse la depresión, fue a comprar un fusil de asalto AR-15 que. O exige ni permiso ni licencia y se fue a la escuela donde había sido expulsado por indisciplina y asesinó a diecisiete personas. El chico tiene diecinueve años.

Imagino que para Cruz fue más fácil comprar armas que antidepresivos, pues en Estados Unidos es más sencillo comprar una pistola que una caja de antibióticos ya no hablemos de conseguir ansiolíticos. Ayer, el joven asesino compareció ante un juez y se declaró profundamente arrepentido. Por lo menos dice estar consciente de lo que hizo. Y, de repente el,sueño americano se viene abajo, se mancha de sangre y un lugar maravilloso como Florida o Sandy Hook, un lugar divertido como Las Vegas, un cine en Aurora, un espacio de alta seguridad como una Base naval, una ciudad o un pueblo se convierten en el escenario de una masacre porque es muy fácil que alguien coja una pistola.

Las balas de Nikolas Cruz debieran servir para reflexionar. Nos enfrentamos al desguace de la imagen del americano pacífico que vive la vida sonriendo, comiendo hamburguesas y vestido de shorts. La tristeza es que los estereotipos se desgastan y nos ponemos frente a una nación que quiere defender su sentir bélico. Es irracional que se pueda comprar un arma en el súper, es terrible que haya balas al alcance de muchachos de diecinueve años y que se las vendan como quien compra una coca-cola porque una cerveza es más difícil de comprar si no te identificas.

Y, después de tantas lágrimas, se insiste en la estupidez extrema. Se cree que con inteligencia y procesos de espionaje se abatirá el problema. ¿Y si hubiera menos armas? Si eso sucediera, en Estados Unidos bajaría la venta de armamento y eso es económicamente pésimo para gente que prefiere ver como aumentan sus ingresos mientras aumentan sus muertos.

Mirar a los invisibles en París

París no es sólo glamour, luces y romance. El París que describe Víctor Hugo sigue existiendo. Entre el lujo, la belleza y la majestuosidad de la hermosura de la capital francesa hay una realidad alterna que, como el telón en un teatro, está ahí pero nadie la toma en cuenta. Hay pobreza, hay gente que duerme en la calle a cielo abierto y lo terrible es que no se cuenta con una cifra de cuántas personas viven en esa condición. Por eso, Anne Hidalgo, la alcaldesa de París, mas que prometer, se puso en acción.

Poner manos a la obra en un tema que muchos preferirían ignorar tiene un mérito enorme. Un político que se ensucia las manos para hacer lo que se debe, merece reconocimiento. Hacerlo de la forma en que lo hizo Hidalgo, me parece glorioso. La alcaldesa convocó a voluntarios para que la noche del jueves para amanecer viernes se contara a la gente que vive en situación de calle. La respuesta fue gloriosa, se necesitaban mil personas, acudieron más de mil trescientos.

«Ahora hay mucha gente en la calle y tenemos que partir de cifras reales (…) para poner los medios», dijo Hidalgo y se puso manos a la obra. Dejó de lado las promesas insulsas, dejó de lado el encono, la división y el oportunismo baratero que sólo genera odios y resentimiento. Se puso a trabajar e hizo uso de su mejor activo: los ciudadanos de París que se volcaron a las calles para ayudar a Hidalgo a hacer visibles a los que nadie ve.

La gente salió de sus casas y recorrió las calles entre la una y las tres de la madrugada para contar, para hacer un censo y ver de qué están hablando en términos de dimensiones y parámetros. Pero, también logró que los parisinos pusieran la mirada en un punto que no les debiera ser ciego.

Sí, en París, cerca de la Torre Eiffel, por las calles del Barrio Latino, en las cercanías de Champs Élysées, frente a los museos, hay gente que vive sin un techo y para entender su situación y la gravedad del problema el primer paso es verlos, saber cuántos son y después, pensar en soluciones.

Mirar a los invisibles de París me parece una forma ejecutiva de empezar a resolver un problema. Tomar al toro por los cuernos, ver y hacer en vez de negar y negar es hacer lo que le toca a un servidor público. Parece que por allá se están dando pasos correctos para dar solución, una respuesta humana a una realidad que no debiera ser, que no debiéramos ignorar.

Parece que no sólo los bebés vienen de París, también nos llega esperanza.

Intentos fallidos de inclusión

Resulta ahora, que nos asaltan intentos fallidos de inclusión. Para ponernos a la vanguardia y abrir la puerta y que todos puedan acceder, le andamos dando de golpes al lenguaje. Nos olvidamos de la estética de las palabras y les acomodamos adefesios que afean la comunicación y nos llevan a defender sinsentidos absurdos.

Ahora, no sólo escuchamos las reminiscencias del “chiquillas y chiquillos” de Vicente Fox, sino que nos topamos con calamidades como: portavoza al referirnos a la portavoz, como si el femenino requiriera necesariamente de la letra a para serlo. O, peor aún, los que usan la @ para incluir a todos, como si fuese la bendición urbi et orbi. O, en el colmo de la sin razón, le agregamos una x a los vocablos para no hacer alusión al género y que nadie se sienta ofendido o se sienta relegado.

Lo irritante de este asunto no tiene tanto que ver con las patadas que se le ponen al lenguaje, al final el argumento de la lingüística puede parecer petulante. Lo que me pone los pelos de punta es que quienes buscan inclusión piensen que con un signo se resuelve el problema. ¡Por favor!, ¿a ese grado de frivolidad estamos llegando?

Además, el lenguaje no es algo nimio, no es un elemento insignificante. El lenguaje es el conducto que hace posible el milagro de la comunicación. Quienes arruinan las palabras se asemejan a los que dejan basura en una esquina o a los que rayan las paredes ajenas. Podrán buscar muchas justificaciones, pero el hecho contundente e incontrovertible es que aventar una bolsa con desperdicios o pintarrajear un muro no es algo que sorprenda agradablemente.

Es verdad, nadie se ha muerto al ver que alguien te dejó en la banqueta su basura o que te rayaron las paredes. Pero, lindo no es. Como tampoco lo es estar leyendo y escuchando la forma ruinosa en que la gente usa el lenguaje para defender aquello que no tiene sustento. Para incluir de verdad, hacen falta más que palabras. gf0qfji1-575x323-2

El escritor que podemos ser (Mirlo blanco, cisne negro, Juan Manuel de Prada)

 

 

 

Mirlo blanco, cisne negro

Juan Manuel de Prada

Seix Barral, Madrid, 2017

Tocó el turno a este libro de portada atractiva, que me recomendaron como una obra sincera y personal. Así, como sucede con mis lecturas, el libro esperó pacientemente su turno y se topó con una lectora algo exhausta después del último tabicón que había caído en mis manos. Mirlo blanco, cisne negro de Juan Manuel de Prada arranca con un lenguaje afectado, pretencioso y de repente dan ganas de estrellarlo contra la pared, pero por alguna extraña sensación no lo haces y qué bueno.

La anécdota que narra este libro es, como su título sugiere, la relación de dos autores que se encuentran en dos etapas diferentes de escritura. Uno Octavio Sánchez que ocupa el lugar del autor encumbrado que por sus propios vericuetos de vida se encuentra en una posición no muy favorable y Alejandro Ballesteros, el mirlo blanco, un joven escritor que duda de su escritura y que sale de la sombra gracias a un programa radiofónico del que Sánchez es anfitrión. Dados los elogios de Sánchez, el libro de Ballesteros se vuelve un éxito de ventas. Hasta ahí, ninguna novedad. No hay sorpresas, el título y el epígrafe en el que se cita a Alfred de Musset son las pistas que el autor le deja al lector atento.

José Manuel de Prada se encarga de dibujarnos el escenario que servirá para contar otras historias que se irán desdoblando a lo largo de la novela. En un estilo muy similar al que ocupa Manuel Puig en El beso de la mujer araña, en la que la narración discurre mientras un preso le cuenta al otro las historias que vio en el cine, así de Prada nos va contando las que sus personajes están escribiendo a lo largo de esta novela. Escritores que escriben dentro de una novela, cada uno con sus propios vicios, fallas y pasiones.

La narración que lleva una secuencia simple y lineal, va en primera persona y empieza cuando un provinciano Ballesteros llega a Madrid a promocionar su libro de relatos y asiste a fiestas literarias en las que de Prada hace patente lo perfectamente ridículo que es el mundo de los que persiguen fama y riqueza en la literatura y el regusto que se encuentra en ello:

“…me fue creciendo un rictus de amargura, como a otros les crece el bigote, que procuraba disimular con una sonrisita alevosa y sardónica, según el recurso más socorrido del fracasado cuando quiere dárselas de cínico” (p. 14)

Y, cómo por arte de los ángeles, en una de esas fiestas conoce a Nieves, la esposa de Octavio Sánchez quien será el pretexto que ocupa el autor para que nazca una amistad con Alejandro Ballesteros que será el eje sobre el cual girará la novela. A lo largo de cuatrocientos treinta y siete páginas, de Prada irá narrando las vicisitudes que necesariamente brotan entre un maestro y discípulo con las dosis fuertes de perversidad, fascinación e imposibilidad final.

La novela tiene una estructura sumamente sencilla que le facilita la vida al lector, son quince capítulos y un post scriptum que en la van discurriendo de manera lineal los acontecimientos. Lo que empantana la lectura son las palabras untuosas y raras que se insertan y multiplican a lo largo de las páginas:

“Y lo más flipante es que la gente cretina, los escritores nocilleros, lo tienen por un facha” (p. 123)

“Cuando se disponía a resoinder alguna chorrada inane, se interrumpió. “ (p. 125)

“Habían transcurrido aproximadamente quince días desde la zapatiesa del restaurante” (p. 167)

Utiliza combinaciones redundantes a lo largo de la narración que deslucen y hacen que un lector poco paciente eleve los ojos al cielo y piense, ¿para qué redundar?, entendí desde la primera:

“En su alborozo, había una oscecación o ceguera” (p. 120)

La puesta en escena que hace Juan Manuel de Prada en la primera parte de la novela puede hacerle la vida tortuosa al lector, puede aburrirlo y llevarlo a abandonar la lectura, sin embargo, el que haya sido paciente y llegue a sobre pasar el punto áureo y tenga la temeridad de seguir leyendo hasta más allá del capítulo diez empezará a cosechar sus recompensas.

Juan Manuel de Prada nos lleva a reflexionar sobre la vida del escritor y lo que significa esta vocación:

“Escritores correctos que saben redactar muy bien y luego resultan de una insipidez intolerable.” (p. 114)

“Y, correcto es lo peor que se puede ser en literatura. Al escritor correcto le quitas su corrección y se queda en nada.” (p. 130)

“Sólo con bondad y humildad puede uno acercarse a los demás como iguales. Y un novelista tiene que ver las desgracias y las alegrías de los otros como algo propio. Los soberbios, los engreídos, los egoístas podrán escribir todo lo que quieran, pero no pueden ser novelistas auténticos.” (p.161)

“El escritor verdadero no es dueño de sus propias decisiones.” (p.251)

“… derrumbó el andamiaje de mis ínfulas y pretensiones vanas, qu tanto daño hacen al escritor primerizo” (p. 253)

“También me convencieron de que un escritor sólo lo es de forma cabal cuando encuentra un editor dispuesto a vincular su porvenir con el suyo.” (p. 406)

En la lectura de Mirlo blanco, cisne negro encontramos una sátira de lo que es el mundo intelectual literario, una parodia de lo que viven los autores noveles que están a la caza de una buena editorial que los apoye, que los lleve a publicar libros que se vendan y estén efectivamente en los estantes de las librerías. Se burla de los escritores encumbrados y de los corrillos que se les forman con escritorcillos arribistas que quieren obtener un poco de la luz de su reflector.

De Prada hace un juego de espejos, en el que refleja el proceso creativo, el pegote de quien quiere copiar un estilo, la autoría superior y la imposibilidad de un discípulo de escribir como su maestro, dejándonos ver que nadie podrá escribir como su maestro porque cada uno tiene su propia voz. En el capítulo ocho, la novela hace de Saldaña el centro de la narración y de la opinión del maestro sobre la obra de su discípulo:

“No es una ventolera, Paloma, es simple aceptación de la realidad: Madonna es un bodrio de principio a fin. No tiene sentido andarla podando o a haciéndole arreglos…

¿Después de todo el esfuerzo y el tiempo que has empleado piensas echarlo todo por la borda?  —me preguntó con aspereza, antes de ablandar un poco el tono— Por supuesto que eres novelista. Anda, Anda, si de verdad no estas conforme con la primera versión que escribiste, vuelve con humildad a ella y trata de mejorarla.” (p.192)

Tal como lo dice Juan Marsé quien acuñó la frase: prosa de sonajero, es decir, ese  tipo de escritura que está llena de florituras, que se oye afectada y es campanuda, enflautada de adjetivos y frases alambicadas, podemos ver en Mirlo blanco, cisne negro una prosa de sonajero. Toparnos con hojas y hojas, y más hojas, que buscan estallar como fuegos artificiales lingüísticos estéticamente impecables pero vacías de fondo. Es decir, aquello que el mismo critica se le puede aplicar a su novela sin problemas.  A veces, como el propio de Prada dice, nos atragantamos de tanta juntaletras:

“Jóvenes promesas que repitieron como loritos toda la alfalfa sitémica y se las daban de comprometidos, empezó a escupir con desdén, sobre los tommtainas que veneraban a las viejas glorias y a las jóvenes promesas como si fuesen la conciencia moral de Occidente. Tanto juntaletras inane” (p. 183)

El lenguaje brillante y rebuscado como principio y fin último. No importa lo que se cuenta: lo único relevante es cómo se cuenta. Es sólo forma, porque no hay fondo: prosa sonajero, prosa vanidosa y hueca. De Prada se arriesga con Mirlo blanco, cisne negro a adormecer al lector con el ritmo lento de un cascabelero. Lleva los elementos de la novela al extremo: una trama es insustancial, los diálogos imposibles y los personajes meros estereotipos: Octavio Sánchez el escritor venido a menos pero capaz de escribir una obra perdurable, el novelista novato y ñoño que se debate entre la atracción por el mal y la rectitud del bien y personajes femeninos pintados con la delicadeza de una brocha gorda que parecen generar cierta tirria en el autor: mujeres adorno Paloma la novia del novel y Nieves la del viejo están como un par de burbujas algo necesarias y algo prescindibles.  Las usa para causar tensión erótica que se le viene encima cuando la hace explícita:

“Siempre que te ves con ese Saldaña te mete los perros en danza y vuelves nervioso y cansado —dijo Paloma que husmeaba en la razón recóndita de mi desasosiego—. No sé lo que habláis cuando estáis juntos, pero más valdría que no fueses a verlo. —Y ratificó— a verlos” (p.219)

Palabras, palabras, palabras. Pero no alta literatura, podrán opinar. Sin embargo, se habla mucho de Literatura:

“La literatura es el arte de escribir algo que se leerá dos veces” (p. 142)

“Asentí sin atreverme a añadir que la literarura es saturnal y devora a sus mejores hijos” (p. 252)

“Pero una cosa es que una quiera dejar la literatyra y otra muy distinta que la literatura quiera dejarlo a uno, Porqu, cuando la letratura nos quiere de3 veras, es una maldición y una condena perpetuas, din derecho a revisión” (p. 418)

Puede ser que, Mirlo blanco, cisne negro no sea una obra literaria que pueda llevarnos a las alturas de los más grandes exponentes de la literatura mundial, sin embargo, el final es bueno. Eleva el suspenso y el lector comprometido encontrará recompensas en las últimas páginas que se vuelven entretenidas y emocionantes. El libro resulta pesado, pero tiene el mérito de desnudar un mundillo que tiene una pantalla que obnubila el pensamiento y la razón de muchos. El escritor es un ser de carne y hueso que tiene que hablar con las musas y que también tiene que comer como cualquier terrícola. Esas pretensiones de los que apenas empiezan, esas payasadas de los que ya se creen en la cima, esos círculos parnasianos que existen no nada más en Madrid, quedan bien descritos por de Prada y deja a los autores nóveles un mensaje claro: cada uno escribe al nivel que puede y en concordancia con su propia voz, lo demás son pastiches desagradables. La novela concluye con la siguiente reflexión del protagonista:

“Caminé hacia mi destino sin ira ni rencor, también sin saber si acababa de liberarme o condenarme para siempre” (p.433)

El lector podrá dispensar a Juan Manuel de Prada tanta palabreja y al final, si un escritor le Mirlo blanco, cisne negro, se reirá de las ocurrencias, como cuando Saldaña tira a la alberca aquellas obras literarias que le parecen que no valen la pena —¿Habría Saldaña tirado este libro?— podrá entender que la escritura se encuentra:

“Allá donde estés disfrutando de la escritura…como si de ella aflorase la fuerza orogénica que permite escribir libros fulgurantes y atroces en los que las palabras aúllan de dolor y de júbilo” (p.437)

 

 

 

 

Ñoños y Fifís

Todavía estamos en precampañas y ya nos está rechinando el cerebro. Aún no arrancan las campañas y ya estamos que no aguantamos un spot más. Cada día nos atiborran con mensajes que nos intentan convencer de que el precandidato —la palabra es ridícula en sí misma— es la encarnación de la pulcritud, el pundonor, la honestidad, el buen tono. Cada precandidato tiene la llave del éxito y el mejor chiste para contar. ¡Sálvenos, por favor!

En medio de toda esta parafernalia mediática y como, en teoría, aún no arrancan las campañas formalmente, hemos visto a personajes que sonríen, atacan pero poquito, que se moderan, que toleran y que no se muestran tal como son. Pero, Andrés Manuel López Obrador que ha llevado una campaña más larga que su nombre, ya se le anda descomponiendo el carácter. Ya se está dejando ver.

Resulta que quienes lo critican forman parte de esa nebulosa extraña llamada la mafia del poder. Si la crítica es malintencionada —que las hay— o si es objetiva —qué también las hay, qué caray—, el señor se molesta y asoma esa cara intolerante que lo ha llevado a perder al final cuando al principio estaba encabezando encuestas de preferencias de votos. Sus críticos se dividen en dos grupos para el líder de Morena: o son ñoños o son fifís. Ahí va incluido Jesús Silva Herzog Márquez.

López Obrador muestra costuras que debería ocultar. Más allá de la intolerancia que ya le conocemos, el eterno candidato debiera elegir mejor sus palabras. Fifí era un adjetivo usado en la década de los sesentas y principios de los sesentas que quedó en desuso. Se refería a algo mu refinado, refinadísimo y se puso de moda ponerle a los perritos french poodle Fifí para resaltar su elegancia y su delicadeza. Ya nadie ocupa ese vocablo. Es anacrónico, es viejo.

El señor López Obrador debiera tener cuidado, no por lo evidente sino por lo que no alcanza a ver. Esta elección la van a definir los jóvenes y a los millenials eso de la vejez no les gusta nada, toleran mal lo viejo, huyen como de la peste lo que no huela a joven, abominan lo que se aleja de la juventud, les choca lo que no es juvenil. Entonces, denominar a sus críticos con semejantes vocablos, además de ser incorrecto, es tan conveniente como darse un balazo en el pie.

Por escrito No. 12

http://www.porescrito.org/wp-content/uploads/2018/02/PRETEXTOS_WEB1.pdf

Ordem y Progresso

Palabreros

Hay escritores que tocas las palabras con guantes quirúrgicos. Las eligen con la misma precisión con la que un cirujano hace un corte exacto al empezar una operación. Las acomodan con la misma parsimonia con la que una enfermera pasa el bisturí y el escalpelo solicitados. Y, cuando concluyen sus escritos, logran acomodar en la charola de acero inoxidable un coágulo infeccioso que fue correctamente extirpado y que causa la misma emoción estética que una serie de azoteas grises en una ciudad contaminada.

Hay quienes creen que la corrección es arte y se equivocan. La corrección es el primer peldaño de los muchos que hay que subir y, desde luego, no es el único. Armar el rompecabezas de sintagmas, combinar significados y significantes, conjugar los tiempos adecuadamente, cuidar lo impecable de la ortografía son requisitos indispensables para iniciar el camino. Sin ello no se puede dar el paso inicial. Por supuesto, hay mucho más camino por andar.

El palabrero se queda ahí o tal vez se atreva a dar un paso más. Un palabrero atrevido experimentará con la estructura, medirá la extensión de sus textos, diseccionará al personaje, buscará un tema que le lleve cierto lugar preciso y luego, se quedara ahí, viendo como su estilo se vuelve pesado, de piedra y se mesara los cabellos y se los volverá a peinar, pues lo que le interesa es algo plasticoso, que no se salga de su lugar, que no haga sudar, que no se mueva, que se quede donde se dejó.

El palabrero no tiene voz. Sus composiciones son tan precisas que les falta vida. No se ensucian, les falta entrar al pantano de los sentimientos, al lodo del trabajo sentido, a la sordidez de las emociones, a la proximidad del abrazo, al calor de las lágrimas, al estruendo de una carcajada, a la falla de un acento, de una coma, al ritmo descompasado de una respiración que se agita.

Cuídenos Dios de los palabreros. Son vendedores de espejos fríos que engañan la inocencia del incauto. Atrapan al pretencioso en sus redes adecuadas. Son viborillas que se arrastran sobre vidrios transparentes que imaginan impolutos. Abusan de la gentileza del lector al que someten a muchas palabras sin lograr mover una fibra del corazón.

Bienaventurados los que hacen de la palabra un instrumento con el que se rajan el alma, con el que se rompen las entrañas y se abren la piel. Bienaventurados los que escriben para tocar al otro, para pinchar orgullos, alcanzar corazones, encender ilusiones, mover pensamientos. Bienaventurados los que iluminan sus sentires en otros corazones y nos regalan fantasías y realidades alternas. Bienaventurados los generosos que nos regalan llaves para ver otros escenarios. Bienaventurados los que se entregan en cuerpo y espíritu, de ellos será el reino de las letras.

El premio Alfaguara para Jorge Volpi (el riesgo que se corre al escribir sobre la inmundicia)

Me entero de que Jorge Volpi ganó el premio Alfaguara con Una novela criminal, que narra la trama del caso Cassez-Vallarta, una inmundicia que nos duele como mexicanos, que expone la frivolidad de un régimen, el poder de una cara, el oportunismo, la poca importancia que se da al servicio a la justicia y, sobre todo, lo nada relevantes que resultan las víctimas en un tema tan doloroso.

Leo las alabanzas sobre el laureado y su nueva obra. Muchos se inclinan ante el premiado y vitorean la obra. Eso, de entrada me hace sospechar. La mayoría de los que lo alaban ni siquiera han leído el libro. Dicen que la obra es un intento de poner al lector frente a los hechos sin que medie un filtro que nuble la objetividad. Según leo, la intención de Volpi es que el lector llegue a sus propias conclusiones y emita su juicio. Ya se sabe que lo que un escritor diga de su propia obra es totalmente irrelevante. Su creación es un ser independiente al creador. Pero eso de decir que la obra es una puesta en escena transparente me hace arrugar la cara. En fin, me resulta difícil creerlo.El primer filtro que hay es el propio Volpi. Más allá de su genuina intención, está la forma en la que el vio el caso, la selección de la evidencia, la elección de las palabras, la forma en la que presenta los sucesos. Todo tiene el sello del autor, no hay remedio. Así sucede cuando uno escribe. Por más que el escritor tome distancia, ahí está su pluma.

En segundo lugar, está el título de la obra. El propio autor confiesa que es una novela. No es una crónica ni un reportaje. Por lo tanto, hay ficción. Ni siquiera tratando de imitar a Truman Capote, nos quitamos el filtro. Las novelas reportaje, las novelas testimonio han sido criticadas precisamente porque el híbrido se sostiene con la estabilidad de un bebé aprendiendo a caminar. El género de esta entrega es periodístico-literario que nace en los años 60, se define como una corriente rompedora en el periodismo e innovadora en literatura que persigue llevar a cabo una investigación periodística exhaustiva basada en hechos reales y explicar la historia con un tono literario. Pretende construir un texto escena por escena, incluir gran cantidad de diálogos, definir con detalle a los personajes, adoptar siempre un punto de vista para explicar la historia. Y, por eso la falla, esas selecciones ya marcan un tamiz por el que tiene que pasar el lector.

El riesgo de esta novela es el mismo que sufrió A sangre fría de Truman Capote. Muchos de los que no creen en esta corriente han clasificado a Capote como un oportunista y se cuestiona el arribismo del autor, incluso cuando tuvo un gran cuidado al abordar la situación de las víctimas. El riesgo que corrió Capote es el mismo que corre Volpi. Ambos decidieron perpetuar en la memoria un hecho inmundo, terrible y si uno terminó manchado, el otro puede acabar igual.

Si los ponemos a competir, el caso abordado por Volpi es aún mas inmundo que el de Capote. ¿Por qué lo digo? Porque en el caso de A sangre fría la justicia prevaleció, en esta cloaca vergonzosa, claramente no. En el caso de Truman Capote, las víctimas estaban muertas, aquí no. Al igual que el escritor estadounidense, el mexicano crea escándalo con su texto. El riesgo que se corre al escribir de inmundicias es creer que se puede volar sobre el fango sin ensuciarse. No importa que tan impecable sea la prosa o que tan objetivo sea el punto de vista, escribir sobre ese caso, por fuerza, ensucia las manos. Mostrar las manos sucias a las víctimas, después de haber revuelto tanta suciedad es algo que no imagino que pueda salir bien. Ni hablar, cada quien escribe y premia lo que le parece bueno. Aunque ello no lo entrañe.

Por mi parte, no podré criticar este libro. No pienso leerlo, no quiero. Quienes han sufrido un crimen de seguridad entenderán mis razones.

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